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Cuando nuestras opiniones se confunden con verdades

2026-01-14 Opinión Edian Gris

Hace unos días vi a varios peruanos afirmar, con total seguridad, que su comida es la mejor del mundo. No “una de las mejores”, no “mi favorita”, sino la mejor. Y aunque no dudo que la gastronomía peruana sea extraordinaria, algo me hizo detenerme a pensarlo con más calma.

No porque estuvieran equivocados —¿cómo podría saberlo yo, si probablemente no conozco ni el 10 % de los platillos que existen en el mundo?— ni porque me interese entrar en el debate de si realmente lo es o no. Ese no es un tema que pretenda resolver aquí. Lo que me llamó la atención fue la certeza absoluta con la que lo decían. Una certeza que, si somos honestos, todos hemos tenido alguna vez sobre algo que nos gusta.

Y fue ahí cuando caí en la cuenta de que ese mismo impulso lo veo constantemente en los cómics, los videojuegos, las series, el cine… y sí, también en mí.

¿Por qué sentimos la necesidad de afirmar que lo nuestro es mejor?

¿Por qué dejamos de decir “me gusta más” para decir “es mejor”? ¿Por qué Xbox o PlayStation? ¿Marvel o DC? ¿Cuál es la mejor serie? ¿Quién gana, Gokú o Superman? ¿Cuál es el mejor superhéroe de todos los tiempos?

La respuesta fácil sería decir que nos gusta debatir. Y es cierto: debatir es divertido. Comparar, discutir y defender lo que amamos forma parte del entretenimiento. El problema no está en el debate en sí, sino en algo más sutil: cuando olvidamos que estamos hablando de opiniones, no de verdades absolutas.

Nuestros gustos no aparecen de la nada. Se forman a partir de nuestras experiencias, del contexto en el que crecimos, de lo que vimos en el momento adecuado. Defendemos ciertos personajes, historias o marcas porque, de alguna forma, están ligados a nuestra identidad. Atacarlos se siente —aunque no lo admitamos— como un ataque personal.

Por eso discusiones como Gokú contra Superman nunca terminan. No importa cuántas veces se explique que pertenecen a universos con reglas distintas, que no fueron creados para competir entre sí o que el contexto importa más que la fuerza. El debate persiste porque no trata realmente de poder, sino de pertenencia. Decir “mi personaje gana” es otra forma de decir: fue mi elección y no puedo estar equivocado.

Lo mismo ocurre cuando hablamos del “mejor” superhéroe. Batman, Spider-Man, Superman… cada elección dice más de quien responde que del personaje elegido. Elegimos al héroe que representa algo que admiramos, que conecta con nuestras propias luchas o que llegó a nosotros en un momento clave de la vida.

Nada de eso es malo.

Discutir, comparar y defender lo que nos gusta es parte del juego. El problema aparece cuando confundimos nuestras preferencias con hechos incuestionables, cuando asumimos que nuestra experiencia es universal y que quien piensa distinto simplemente está equivocado.

Yo también he caído en eso. Todos lo hemos hecho. Porque aceptar que algo es solo mi opinión implica reconocer que puede no serlo para otros, y eso nos obliga a escuchar, a dudar y, a veces, a ceder.

Tal vez no necesitamos dejar de debatir. Tal vez solo necesitamos recordar desde dónde hablamos. No desde la verdad absoluta, sino desde el camino que nos trajo hasta aquí.

Así que probablemente nunca sabremos cuál es la mejor comida del mundo, el mejor héroe o la mejor consola.

Pero si entendemos que detrás de cada opinión hay una experiencia distinta, quizá podamos seguir discutiendo —y disfrutando— sin necesidad de creer que somos dueños de la única verdad.

Y pensándolo bien, eso no solo hace las discusiones más sanas… también las hace mucho más interesantes.

¿Qué opinas? ¿En qué tema sientes que defiendes más tu experiencia que una verdad absoluta?

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